
Sin duda esta frase es el mejor consuelo para las personas que en febrero se quedan en la Capital: el 1 de este mes anunciaban que 60.000 personas salían de Santiago.
Aún más desalentador es el calor que logra por estos días su apogeo, las calles desiertas, ya ni siquiera hay teatro a mil, las muchas galerías de Arte, tiendas, restaurantes que lucen cerrados.
Al mismo tiempo que la palabra viaje nos invade, los noticiarios, los diarios, las revistas nos bombardean para rellenar sus números con notas de datos de lugares para visitar. Hay claramente menos panoramas por hacer: es la época del año preferida de los chilenos para veranear.
Es en este contexto que el verso de Emily Dickinson se puede convertir en un salvavidas en este mar del aburrimiento y de la rutina que puede ser febrero en Santiago.
De forma barata, sin la necesidad de desplazamiento, surge una forma de sobrevivir dignamente contra-corriente de la distracción y el descanso que prometen viajar: la lectura.
Así la citada poeta norteamericana se convierte en nuestra mayor esperanza para darse cuenta que si se puede veranear sin migrar.
Ella nunca salió de su ciudad, apenas salió de su propia casa, pero su poesía es tan profunda que logra trasladar a “mundos distantes” como si hubiera dado el tour del mundo en ochenta días.
Por ende, invitamos a los que se quedan en Santiago durante el verano: dejar de quejarse por ser menos afortunados, al no tener la posibilidad de dejar la capital y por el contrario, impulsarlos a buscar en sus tiempos libres un lugar agradable para con la lectura emprender su propia y profunda huida de la monotonía de un mismo paisaje.




