Entrevista realizada el 8 de marzo a Luz Santa María, profesional de las Bibliotecas Escolares CRA.
¿Qué pasa con El artista y todo el ruido que ha metido en la escena mundial del cine, incluyendo la conquista del Óscar a la mejor película?
En principio, me parece una película que se diferencia por el uso depurado que hace de los recursos audiovisuales. La película está en blanco y negro, es muda, y en todo momento se cuida en el empleo de la voz, la actuación y la gestualidad. La historia, además, es sumamente simple; hay pocos personajes y los conflictos no son ni grandes ni complejos. Lo que intenta es aligerar y divertir al espectador, liberarlo. De hecho, lograr emocionarse apenas con la gesticulación de los actores ya es, de por sí, refrescante. Todos estos aspectos técnicos le dan un carácter especial a la película.
Pero también habría que destacar el concepto mismo de “hacer cine mudo”, la importancia de renombrar o celebrar a los desaparecidos directores mudos que creían en el cine como un arte, como un canal expresivo, que no necesariamente debía parecerse a la realidad. Lo técnico, en este sentido, es de gran ayuda; al no haber palabras los actores se apoyaban más en la gestualidad, en aquellos excesos corporales que tantas veces caían en lo caricaturesco y producían, por tanto, la sensación de que se estaba lejos de la realidad.
Pero esta es una película que habla también acerca de la gente que se aferra al pasado y se niega a aceptar que las cosas van cambiando…
Sí, El artista sin duda trabaja ese tema. La época en la que se sitúa la acción es precisamente la de los grandes cambios en la forma de hacer cine. George Valentin es un famoso actor de cine mudo, y la llegada del cine sonoro tiene consecuencias terribles para su oficio. Él encarna, de algún modo, la figura del artista orgulloso que no cede ante las tentaciones de la Modernidad. Su estilo siempre le ha funcionado, y él es un ególatra que no está dispuesto a transar. George sigue ahí, donde ha estado por años, terco y empecinado en demostrar que lo que hace tiene valor. El espectador, sin embargo, es testigo de cómo la Modernidad le pasa por encima. Esta caída en desgracia la película la refleja sumamente bien, muy de a poco. Todas las cosas que antes le rodeaban y parecían tan seguras empiezan a tomar distancia, a perderse. De todas formas, la Modernidad, hacia el final, le da un espacio…
¿Qué opinas del hecho de que en un mundo como el de hoy, donde todos sienten que tienen algo que decir y quieren decirlo, un director de cine apueste por una película en la que lo importante sea lo que está más allá o más acá de las palabras?
Creo que la película efectivamente se hace cargo de esta tensión. En una escena, George se imagina la locura que le produciría ver a todo el mundo hablando; para él resulta inconcebible que la Modernidad permita algo así. El artista, en mi opinión, rescata el valor del cuerpo y la expresión y la posibilidad de decir sin palabras. ¡Hay instancias en las que no todo es la palabra! En otra escena, por ejemplo, George ve una actuación de Romeo y Julieta y se pregunta, tras verla a ella recitar un parlamento, por qué tiene que hablar tanto. Debe señalarse, en todo caso, que la película no toma opciones valóricas. No dice: “hablar es malo, callar es bueno”; o viceversa. Ella se limita simplemente a mostrar ese espacio de conflicto.
Pienso en El discurso del rey, la premiada película del año pasado, y veo un paralelo entre ambas producciones: la relación entre la técnica y la palabra. ¿Qué te parece la lectura conjunta de estos largometrajes?
No lo había pensado, pero es verdad. Las dos películas muestran cómo la palabra, en un contexto moderno, se hace más común, más frecuente. Aun cuando el costo de esta divulgación sea la pérdida parcial de su valor. Esto, para George, es del todo innecesario. Tal vez el cuerpo baste para conseguir una expresión lograda. De todas formas, creo que esta coincidencia podría ser el síntoma de la llegada de una nueva época para el cine, la necesidad de volver a valorarlo como arte.